Bienvenidos a Hijos Obedientes

“Como hijos obedientes, no vivan conforme a los deseos que tenían antes de conocer a Dios. Al contrario, vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo; pues la Escritura dice: "Sean ustedes santos, porque yo soy santo".

1 Pedro 1:14-16.-


Mostrando entradas con la etiqueta El Gozo de Dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Gozo de Dios. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de febrero de 2012

El Gozo de Dios en Su Hijo: "Engendrado" y no "Creado".-

Para evitar confusiones y ampliar el panorama de la gloria con que se regocija Dios en su Hijo, debemos seguir avanzando.

La plenitud de la deidad, que habita corporalmente en Jesús (Colosenses 2:9), existía ya en forma personal desde antes de que el Dios hecho Hombre existiera en la tierra como un maestro judío. Esto nos remonta aún más lejos. Nos remonta al contentamiento del trino
Dios.

El Hijo, en quien Dios se deleita, es la imagen eterna, el resplandor de Dios y es Dios mismo. Pablo dice en Colosenses 1:15, 16: «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra».

jueves, 29 de diciembre de 2011

El Gozo de Dios en Su Hijo: La Plenitud de la Deidad Habita un Cuerpo.-

Con el fin de evitar un error en nuestra comprensión del amor de Dios que pueda resultar perjudicial, tenemos que seguir avanzando y demostrar que en el Hijo de Dios habita la plenitud de la deidad.

Cualquier persona podría estar de acuerdo con la afirmación de que Dios se deleita en su Hijo y no obstante cometer, luego, el error de creer que el Hijo es sólo un hombre extraordinariamente santo a quien el Padre adoptó porque se complacía mucho en él. La iglesia desde épocas tempranas ha sabido distinguir la verdadera fe bíblica de las otras formas de enseñanzas derivadas del “adopcionismo”, como sucedió en el siglo II.

Colosenses 2.9 nos provee otro ángulo desde donde mirar la cosa: «Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo». El Hijo de Dios no es meramente un hombre fiel y santo. Él tiene la plenitud de la deidad. Dios no buscó un hombre santo que pudiera convertirse en un ser divino, si se lo dotaba de deidad. Más bien, «el Verbo se hizo hombre» mediante el acto de la encarnación (Juan 1.14). Dios busco una mujer fiel y humilde, y a través del nacimiento virginal, unió la plenitud de su deidad con un niño que él mismo engendró. «-¿Cómo podrá suceder esto -le preguntó María al ángel-, puesto que soy virgen? -El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Así que al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios» (Lucas 1.34-5).

miércoles, 28 de diciembre de 2011

El Gozo de Dios en Su Hijo: Fervor Inimaginable.-

Es imposible exagerar la grandeza del afecto paternal que Dios tiene hacia su Hijo unigénito. Podemos observar este afecto ilimitado detrás de la lógica de Romanos 8.32 que expresa: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?». El punto clave de este precioso versículo es que si Dios estuvo dispuesto a hacer la cosa más difícil de todas por nosotros (entregar a su Hijo amado al sufrimiento y a la muerte), con seguridad aquello que también parece arduo (derramar sobre los cristianos todas las bendiciones que pudieran existir en el cielo) no es en realidad tan difícil para Dios.
Lo que da sentido a este versículo es la inmensidad del afecto que Dios siente hacia el Hijo. La presunción de Pablo es que el «no escatimar a su propio Hijo» fue lo más inimaginablemente difícil que Dios tuvo que hacer." Jesús es, como Pablo lo describe con sencillez en Colosenses 1.13, «su amado Hijo».

El Gozo de Dios en Su Hijo: Intimidad Infinita.-

Ninguna otra relación se parece a ésta. Es absolutamente única. Los sentimientos que el Padre tiene hacia el Hijo son únicos de una manera absoluta. El es el «Hijo unigénito del Padre» (Juan 1.14,18; 3.16,18; 1 Juan 4.9).


El Hijo existe por generación eterna y los otros «hijos» existen por adopción. «Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo ... para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como híios.» (Gálatas 4.4-5).

El único modo de obtener el derecho a ser hechos «hijos de Dios» era recibiendo a Jesús como el Hijo. A menudo Jesús se refirió a Dios como «mi Padre» y «el Padre», pero nunca se refirió a él como «nuestro Padre» a excepción del momento en el que enseña a sus discípulos a orar (Mateo 6.9). Una vez usó la extraordinaria expresión «mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios» (Juan 20.17). La relación que tenían el Padre y el Hijo era totalmente única.

Su comunión e intimidad son incomparables. «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mateo 11.27). «A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es DiOS y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer» (Juan 1.18). Jesús hablaba acerca de su Padre con tal ternura y mostrando una intimidad tan sin precedentes que sus enemigos lo perseguían para matarlo porque «incluso llamaba a Dios su propio Padre, con lo que él mismo se hacía igual a Dios» (Juan 5.18).

lunes, 21 de febrero de 2011

El Gozo de Dios en Su Hijo

El Hijo, amado por brillar como el sol.
Adaptación de J. Piper

El deleite de Dios en primer lugar es un deleite en su Hijo. La Biblia nos lo revela al mostrar el rostro de Jesús brillando como el sol.

En Mateo 17 vemos que Jesús toma a Pedro, a Jacobo y a Juan y los lleva a un monte alto. Algo totalmente asombroso sucede cuando ellos están solos con él. De repente, Dios descorre la cortina de la encarnación y deja brillar la regia gloria del Hijo de Dios. «Su rostro resplandeció como el sol, y su ropa se volvió blanca como la luz» (v. 2). Pedro y sus compañeros quedan maravillados. Estando cerca de su muerte, Pedro escribe contando que él ha visto la majestuosa gloria en el monte santo, y que ha oído una voz del cielo decir: «Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él. ¡Escúchenlo!». 2 Pedro 1:17; Mateo 17:5.

Cuando Dios declara abiertamente que él ama al Hijo y se deleita en él, provee una demostración visual de la inimaginable gloria del Hijo. Su rostro brilla como el sol. Su vestido se vuelve blanco como la luz, y los discípulos se postran sobre su rostro. Mateo 17:6.

El punto no es sólo que los hombres deban sentirse intimidados ante tanta gloria, sino que Dios mismo se deleita de manera plena ante el resplandor de su Hijo. Lo revela como una luz que enceguece y luego dice: «¡Éste es mi deleite!».

El Gozo de Dios en Su Hijo

Entrar en el Gozo de Dios.
Adaptación de J. Piper.

Mientras estaba aún hablando, he aquí, una nube luminosa los cubrió; y una voz salió de la nube, diciendo: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; a El oíd. Mateo 17:5.

Entrar en el Gozo de Dios.
Existe una hermosa frase en 1 Timoteo 1:11 oculta bajo la superficie conocida de las palabras más renombradas de la Biblia. Antes de profundizar en ella, suena así: “según el glorioso evangelio del Dios bendito, que me ha sido encomendado”.

Algunas versiones como en el caso de la RVR60 consideran la frase "de la gloria de Dios" como un adjetivo y la traducen de la siguiente manera: "el glorioso evangelio del Dios bendito". Sin embargo, esto no es necesario ya que estas mismas versiones traducen una frase similar que se encuentra en 2 Corintios 4.4 como "el evangelio de la gloria de Cristo" y no como "el glorioso evangelio de Cristo". Estoy de acuerdo con Henry Alford cuando dice que todas las versiones deberían seguir el principio literal que aplican en 2 Corintios 4.4 en 1 Timoteo 1.11. "Todo el decoro y la belleza que tiene esta expresión (1 Timoteo 1:11) se destruye como consecuencia de esta traducción adjetivada. El evangelio son "las alegres buenas nuevas de la gloria de Dios" y lo mismo con respecto a Cristo en 2 Corintios 4.4, dado que él nos revela a Dios en toda su gloria". Henry Alford. The Greek Testament [El testamento griego], 3 (Chicago: Moody Press, 1985), 307.

Sin embargo, una vez que se analiza más en detalle, suena así: «Las buenas nuevas de la gloria del Dios feliz».

Con la tecnología de Blogger.