Ninguna otra relación se parece a ésta. Es absolutamente única. Los sentimientos que el Padre tiene hacia el Hijo son únicos de una manera absoluta. El es el «Hijo unigénito del Padre» (Juan 1.14,18; 3.16,18; 1 Juan 4.9).
El Hijo existe por generación eterna y los otros «hijos» existen por adopción. «Pero cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo ... para rescatar a los que estaban bajo la ley, a fin de que fuéramos adoptados como híios.» (Gálatas 4.4-5).
El único modo de obtener el derecho a ser hechos «hijos de Dios» era recibiendo a Jesús como el Hijo. A menudo Jesús se refirió a Dios como «mi Padre» y «el Padre», pero nunca se refirió a él como «nuestro Padre» a excepción del momento en el que enseña a sus discípulos a orar (Mateo 6.9). Una vez usó la extraordinaria expresión «mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios» (Juan 20.17). La relación que tenían el Padre y el Hijo era totalmente única.
Su comunión e intimidad son incomparables. «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mateo 11.27). «A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es DiOS y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer» (Juan 1.18). Jesús hablaba acerca de su Padre con tal ternura y mostrando una intimidad tan sin precedentes que sus enemigos lo perseguían para matarlo porque «incluso llamaba a Dios su propio Padre, con lo que él mismo se hacía igual a Dios» (Juan 5.18).