Por Charles Haddon Spurgeon
No vamos a ir descaminados en nuestro sumario de este sublime Salmo si lo llamamos el «Salmo del Mesías Príncipe», porque presenta, como en una visión maravillosa, el tumulto o motín de los pueblos que se levantan contra el Señor ungido, el propósito decidido de Dios de exaltar a su propio Hijo, y el reinado final de este Hijo sobre todos sus enemigos.
Leámoslo con los ojos de la fe, contemplando, como en un espejo, el triunfo final de nuestro Señor Jesucristo sobre todos sus enemigos.
Tenemos en los tres primeros versículos una descripción del odio de la naturaleza humana en contra del Cristo de Dios. No se puede hacer mejor comentario sobre ello que el cántico apostólico de Hechos 4:27-28: «Porque verdaderamente se aliaron en esta ciudad contra tu santo Siervo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu designio habían predestinado que sucediera». (C. H. S.).
Verso 1.
¿Por qué se sublevan las naciones,
y los pueblos traman cosas vanas?
¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? El Salmo empieza abruptamente con una interrogación airada; y con razón: no es para menos que asombrarse a la vista de las criaturas en actitud hostil en contra de su Dios, y esto es lo que deja atónito al Salmista. (C. H. S.).
Cosas vanas. En España hay dos columnas monumentales que fueron erigidas en el pasado, en las cuales se halla escrito:
I.- «A Diocleciano Joviano Maximiano Hercúleo César Augusto, por haber extendido el Imperio Romano en el este y en el oeste, y por haber extinguido el nombre de los cristianos, que trajo la ruina a la República».
II.- «A Diocleciano Joviano Maximiano Hercúleo César Augusto, por haber adoptado a Galerio en el este, por haber abolido por todas partes la superstición de Cristo, por haber extendido el culto a los dioses».
«Tenemos aquí un monumento erigido por el paganismo sobre la tumba de su enemigo vencido, pero en esto "el pueblo se imaginaba cosas vanas". Ni en España ni en parte alguna puede señalarse la tumba del cristianismo; "no existe, porque los vivos no tienen tumbas"».