Bienvenidos a Hijos Obedientes

“Como hijos obedientes, no vivan conforme a los deseos que tenían antes de conocer a Dios. Al contrario, vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo; pues la Escritura dice: "Sean ustedes santos, porque yo soy santo".

1 Pedro 1:14-16.-


sábado, 31 de marzo de 2012

Autoridad y Poder.-

“Si hubo un momento en la historia de la iglesia profesante en que fue más necesario que nunca tener autoridad divina para la senda cristiana, y poder divino para andar en ella, ese momento es precisamente el presente”.
Son tantas las opiniones antagónicas, las voces discordantes, las escuelas opuestas, las partes contenciosas que, por todos lados, corremos peligro de perder nuestro equilibrio y de ser arrastrados quién sabe dónde. Vemos a los mejores de los hombres poniéndose en lados opuestos del mismo asunto; hombres que, hasta donde llega nuestra apreciación, parecen tener un ojo sencillo para la gloria de Cristo, y tomar la Palabra de Dios como su sola autoridad en todas las cosas.
¿Qué, pues, ha de hacer un alma sencilla? ¿Qué actitud ha de tomar uno frente a toda esta situación? ¿No habrá un puerto tranquilo y seguro donde poder anclar nuestra pequeña embarcación, lejos de las feroces olas del agitado y tempestuoso océano de las opiniones humanas? Sí, bendito sea Dios, lo hay. Y el lector puede experimentar en este mismo momento la profunda bendición de echar el ancla allí.
Es el dulce privilegio del más simple hijo de Dios, del más sencillo niño de Cristo, tener autoridad divina para su senda y poder divino para avanzar por ella —autoridad para su posición, y poder para ocuparla— , autoridad para su servicio, y poder para llevarlo a cabo.
¿En qué consiste? ¿Dónde está?
La autoridad se encuentra en la “Palabra Divina”;
el poder, en la “Presencia Divina”.
Así pues —bendito sea Dios—, todo hijo de Dios puede saber esto; es más, debiera saberlo, para la firmeza de su camino y el gozo de su corazón.
Al contemplar la condición actual de los cristianos profesantes en general, uno se ve sorprendido con este tan lamentable hecho, a saber, que tan pero tan pocos están preparados para encarar las Escrituras en todos los puntos y en todo asunto personal, doméstico, comercial y eclesiástico. Una vez que la cuestión de la salvación del alma ha sido resuelta —y ¡ay, cuán raramente está verdaderamente resuelta!— entonces, la gente en realidad se considera en libertad de desprenderse del sagrado dominio de las Escrituras, y de arrojarse sobre las perdidas aguas turbulentas de la opinión y la voluntad humanas, donde cada cual puede pensar, elegir y actuar por sí mismo.
Ahora bien, nada es más cierto que esto: que cuando se trata simplemente de una cuestión de opinión humana, de la voluntad del ser humano, o del juicio del hombre, no hay una sombra de autoridad, ni una partícula de poder. Ninguna opinión humana tiene alguna autoridad sobre la conciencia; ni tampoco puede comunicar ningún poder al alma. Puede aceptarse en la medida de su propio valor, pero no tiene autoridad ni poder para mí.
Debo tener la Palabra de Dios y la presencia de Dios, de lo contrario, no puedo dar un solo paso.
Si algo, no importa qué, viene a interponerse entre mi conciencia y la Palabra de Dios, no sé dónde estoy, no sé qué hacer ni a donde dirigirme. Y si alguna cosa, no importa qué, viene a interponerse entre mi corazón y la presencia de Dios, quedo absolutamente desprovisto de poder.
La Palabra de mi Señor es mi único directorio; Su morada en mí y conmigo, mi único poder. “Mira que te mando… tu Dios estará contigo.”
Pero puede que el lector se sienta dispuesto a preguntar: «¿Es realmente cierto que la Palabra de Dios contiene amplia guía para todos los detalles de la vida? ¿Me dice, por ejemplo, adónde debo ir el día del Señor; y qué he de hacer desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche?  ¿Me dirige en mi senda personal, en mis relaciones domésticas, en mi posición comercial, en mis asociaciones y opiniones religiosas?»
Muy ciertamente que sí. La Palabra de Dios nos prepara o equipa enteramente para toda buena obra (2 Timoteo 3:17), y ninguna obra para la cual ella no nos prepare, puede ser buena, sino mala. Por lo tanto, si usted no puede encontrar autoridad para el lugar adonde va el día del Señor —no importa dónde sea— debe, inmediatamente, dejar de ir. Y si no puede encontrar autoridad para lo que hace el lunes, usted debe, inmediatamente, dejar de hacerlo. “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22).
Confrontemos honestamente la Escritura. Inclinémonos bajo su santa autoridad en todas las cosas. Sometámonos humilde y reverentemente a su dirección celestial. Renunciemos a todo hábito, a toda práctica, a toda asociación —de la naturaleza que fuere, o aprobada por quien fuere— para los cuales no tenemos la autoridad directa de la Palabra de Dios, y en las cuales no podemos gozar del sentido de Su presencia, de la vida de Su apreciativo talante.
Éste es un punto de la más seria importancia. Sería de hecho imposible que el lenguaje humano expresase con la debida fuerza o en los términos adecuados, la inmensa importancia de la absoluta y completa sumisión a la autoridad de la Escritura en todas las cosas —sí, y lo decimos con énfasis— en todas las cosas.
Una de nuestras mayores dificultades prácticas al tratar con las almas, surge del hecho de que ellas no parecen tener ninguna idea de someterse en todas las cosas a la Escritura. No quieren confrontarse con la Palabra de Dios, ni consentir en ser enseñados exclusivamente por sus sagradas páginas. Credos y confesiones; formulaciones religiosas; mandamientos, doctrinas y tradiciones de los hombres: estas cosas sí serán oídas y se someterán a ellas. A nuestra propia voluntad, a nuestro propio juicio, a nuestras propias opiniones de las cosas, les serán permitidos amplio lugar. La conveniencia, la posición, la reputación, la influencia personal; el utilitarismo; la opinión de los amigos; los pensamientos y el ejemplo de buenos y grandes hombres; el miedo de lastimar o de causar ofensa a aquellos a quienes amamos y estimamos y con quienes pudimos haber estado asociados por largo tiempo en nuestra vida y servicio religiosos; el temor de que piensen que seamos presuntuosos; querer evitar a toda costa la apariencia de juzgar o de condenar a muchos a cuyos pies nos sentaríamos de buena voluntad: todas estas cosas actúan y ejercen una muy perniciosa influencia en el alma, e impiden la plena entrega de nosotros mismos a la suprema autoridad de la Palabra de Dios.
¡Quiera el Señor en su gracia avivar nuestros corazones en relación con este solemne tema! ¡Quiera Él conducirnos, por su Santo Espíritu, a ver el verdadero lugar, valor y poder de su Palabra! ¡Que esa Palabra se establezca en nuestras almas como la única regla plenamente suficiente, de modo que todo —no importa qué— lo que no se halle basado en su autoridad, sea absolutamente rechazado sin la menor vacilación! Entonces podemos esperar hacer progresos. Entonces nuestra senda será como “la senda de los justos, como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4:18).
¡Nunca estemos satisfechos, en relación con todos nuestros hábitos, con todos nuestros caminos, con todas nuestras asociaciones, con nuestra posición religiosa y con nuestros servicio, con todo lo que hacemos y con todo lo que no hacemos; con el lugar adonde vamos y adonde no vamos, hasta que podamos verdaderamente decir que tenemos la aprobación de la Palabra de Dios y la luz de Su presencia! Aquí, y solamente aquí, yace el profundo y precioso secreto de LA AUTORIDAD Y EL PODER.
Por C. H. Mackintosh.-

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