Bienvenidos a Hijos Obedientes

“Como hijos obedientes, no vivan conforme a los deseos que tenían antes de conocer a Dios. Al contrario, vivan de una manera completamente santa, porque Dios, que los llamó, es santo; pues la Escritura dice: "Sean ustedes santos, porque yo soy santo".

1 Pedro 1:14-16.-


viernes, 13 de mayo de 2011

Amar a Dios con Todas tus fuerzas.


Si fueres flojo en el día de trabajo,
tu fuerza será reducida.
Proverbios 24:10.-

En mis primeros tiempos del colegio universitario, entré una tarde de viernes en el aula donde tendría una clase de historia unos minutos antes que comenzara, y me senté en mi pupitre. Solo había unos pocos alumnos más, además del profesor, el Dr. Kenyon, quien estaba sentado en su escritorio, al frente del aula. Parecía estar absorto en sus pensamientos, mientras tenía la mirada fija en el escritorio. El Dr. Kenyon era uno de mis profesores favoritos. Su talle delgado y su cabello blanco impresionaban. Era un instructor gentil y elocuente, sin rastro alguno de arrogancia. Tenía un rostro amable y una actitud humilde. De repente, se levantó y comenzó a caminar hacia mí por el pasillo. Cuando llegó donde yo estaba, puso un trozo de hoja de cuaderno en mi pupitre. Yo lo recogí y leí estas palabras escritas a mano: «¿Por qué Dios derrocha la energía en nosotros cuando somos jóvenes, y la sabiduría cuando somos viejos?».

Levanté la vista hacia el Dr. Kenyon, y me sorprendió su expresión de súplica y de búsqueda. Me di cuenta sobresaltado de que estaba esperando una respuesta acerca del significado de la vida ... ¡Y tenía la esperanza de que yo se la diera! Más tarde pensé en la forma en que habría podido responder a su pregunta. Habría podido decir: «Tenemos que clamar al Señor para pedirle salvación en nuestra juventud, y dedicarle nuestras fuerzas, de manera que cuando seamos más viejos y más sabios, les podamos enseñar a otros acerca de su amor y su verdad».

Habría debido tener una respuesta. Habría debido estar listo para explicar la esperanza que poseía, tal como dice 1 Pedro 3: 15. Sin embargo, no tuve la respuesta, y no estuve listo. En lugar de darle la respuesta, mascullé un comentario insignificante y fuera de lugar, mientras sentía que se me ruborizaba el rostro de vergüenza. El Dr. Kenyon esperó un tiempo que a mí me pareció de varios minutos, mientras sus ojos me imploraban que le diera una respuesta. Cuando se dio cuenta de que no tenía nada más que decirle, se dio vuelta lentamente y regresó a su escritorio.
Durante la conferencia de aquel día, mi corazón y mi mente funcionaban a toda prisa. Solo podía pensar en la oportunidad que había perdido. Me había honrado y abrumado a un tiempo el que me pidiera una respuesta así. Tomé la decisión de volver después de mis clases aquel día para hablar con él. Sin embargo, al final del día, me enredé en otros asuntos. Cuando por fin regresé al aula, ya se había ido. Sintiendo una súbita urgencia de hablar con él, decidí averiguar dónde vivía para visitarlo en su casa.
Mis intenciones eran buenas, pero otras actividades impidieron que lo hiciera durante el fin de semana. Me dije que no dejaría de hablar con él cuando llegara el lunes. Pero al entrar en el aula, había un grupo de estudiantes frente a su tablero de avisos. Una nota que había en el tablero decía que el Dr. Kenyon no iba a dar aquella clase. Nunca más daría su clase de historia... ¡porque había fallecido!


Me sentí destrozado en mi espíritu y me dolió la poca energía que había demostrado, cuando habría podido compartir el Evangelio con un hombre que buscaba con ansias. Aún puedo ver aquellos ojos escudriñadores suyos. No tengo idea de cuál haya sido su estado espiritual, pero hay unas palabras de Ezequiel que tomaron un significado nuevo para mí en aquel día. «Cuando yo dijere al impío: De cierto morirás; y tú no le amonestares ni le hablares, para que el impío sea apercibido de su mal camino a fin de que viva, el impío morirá por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano» (Ezequiel 3: 18).

Son demasiadas las actividades que nos roban la fuerza y nos agotan las energías, y no tienen valor eterno alguno. Por esa razón, Dios nos advierte que nos mantengamos «aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Efesios 5: 16).


Dos Preguntas Vitales
Antes de entrar a la secundaria, un líder de jóvenes llamado Jack Hamilton me invitó a ir con él a una conferencia en Kansas City. Aquel viaje se convirtió en uno de los más significativos de toda mi vida. Por el camino me explicó una nueva idea en la que había estado trabajando para ayudar a los jóvenes a interesarse en la Biblia. La llamaba «Interrogatorio bíblico», y es un método que después fue usado durante años por miles de iglesias.
En un momento del viaje, se volvió hacia mí y me dijo: «Bill, has visto alguna vez la verdad que hay en el Salmo 127: 1, "Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican"? Observa que en ambos casos se edifica una casa, pero en uno de ellos, se edifica en vano».

Asombrado con aquella idea, tomé la decisión de que todo cuanto hiciera para el Señor, sería dirigido por Él.
Entonces, Jack me dio unos consejos que causaron un impacto en el resto de mi vida. «Bill, cuando llegues a la secundaria, hazte dos preguntas antes de participar en ninguna actividad extraescolar. Pregúntate primero: "¿Va a contar para algo esta actividad dentro de diez años?" Y después: "¿Va a contar esta actividad para la eternidad?" esas dos preguntas son como las marcas que le ayudan a un agricultor para poder arar un surco en línea recta. El arador experto escoge un poste al fondo del campo, y después un árbol distante que esté detrás de él. Mientras esas dos marcas estén en línea la una con la otra, él sabe que está avanzando en línea recta».

Durante las reuniones que siguieron, me sentí retado a presentarles el Evangelio a todos los alumnos de mi escuela secundaria. Cada año, hacía de esto mi meta y le dedicaba todas mis energías. Un año llevé a cabo una encuesta telefónica para preguntarles a mis compañeros qué cosas creían que eran las más importantes en la vida. Después de la encuesta telefónica, le envié a cada uno de ellos una carta para darle las gracias por haber participado en ella. Después expresé mi deseo de que cada alumno descubriera cuál era la cosa más importante de todas en la vida, y le incluía un folleto que tenía ese propósito. Su título era «Lo más importante de la vida», Su mensaje era directo y sencillo: Lo que más importa en la vida no es el dinero, ni son los deportes, los estudios o la diversión, sino el conocimiento de Jesucristo como Salvador.
Estaba tan ocupado con estos proyectos, y aprendiendo de memoria las Escrituras, que solo tuve tiempo para asistir a una parte de un juego de fútbol durante mis cuatro años en la secundaria. Mi modelo era el apóstol Pablo, quien resumió así su vida para la iglesia de Colosas: «Cristo en vosotros, la esperanza de gloria, a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí» (Colosenses 1:27-29).

Cuando pienso en tanta energía concentrada, recuerdo a Dave, un estudiante de secundaria que me ayudó durante varios años en mi trabajo con los jóvenes. Cuando hizo la prueba para el equipo de corredores en su segundo año de secundaria, su entrenador reconoció de inmediato que tenía cualidades de corredor y lo reclutó.
Al mismo tiempo, Dave demostró capacidad como ayudante mío, y gran eficacia con los adolescentes. Mientras él trabajaba con otros adolescentes, Dios obraba también en su propio corazón. Comenzó a pensar sobre qué debía ocupar el primer lugar en su vida: las carreras o el Señor. Así que como sintió que Dios le pedía que pusiera en el altar sus capacidades, su tiempo y sus talentos. De manera que un día tomó la decisión tan difícil de renunciar al equipo de corredores.
Cuando le dijo a su entrenador que se tenía que salir del equipo por razones personales, este lo animó para que fuera a hablar con otro entrenador de pista llamado Gil Dodds. Gil había alcanzado la fama manteniendo durante cuatro años el récord mundial de una milla bajo techo. Cuando firmaba su autógrafo, muchas veces añadía la cita bíblica de
Filipenses 4: 13: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».
(Muchos fanáticos miraban con curiosidad el «Fil. 4:13» y creían que había corrido la milla en Filadelfia en cuatro minutos y trece segundos).
Gil Dodds comprendió la batalla espiritual que libraba Dave, y lo alentó en su decisión de darle el primer lugar a Dios. Con esta confirmación en el corazón, Dave regresó con su entrenador y terminó su renuncia del equipo. Después de esta decisión, sintió que se le había quitado de encima un inmenso peso. Pero entonces, sucedió algo inesperado.  ra
como si Dios le dijera: «Ahora que sé que me tienes en el primer lugar, puedes regresar al equipo». Así que sorprendió y agradó al entrenador, regresando.
La prueba del «primer lugar» se produjo un fin de semana en el cual Dave tuvo que escoger entre asistir a un retiro de jóvenes o participar en una importante competencia de pista. Decidió estar en el retiro de jóvenes cuando comenzara el viernes por la noche, y después tratar de regresar para la carrera el sábado por la tarde. Cuando llegó a la competencia, el entrenador le hizo señas para que se cambiara de ropa rápidamente y se metiera en la carrera. Se unió a los demás competidores en los bloques de arrancada, y comenzó la carrera. David se puso a la cabeza de todos los demás corredores y rompió la cinta en medio de un inmenso griterío que le resonaba en los oídos.
Dios honró su decisión de ponerlo a Él en primer lugar, permitiendo que sobresaliera en la pista durante todo su tiempo en la secundaria y en el colegio universitario. Ahora es pastor asociado de una gran iglesia en un barrio residencial, y sigue experimentando las bendiciones del Señor. Hasta el día de hoy, ha mantenido los ojos centrados en la meta de agradar a Cristo... y sigue tratando de correr la carrera con todas sus fuerzas.

Puntos para meditar.-
¿Qué actividades y compromisos de su vida impiden que usted ame y sirva a Cristo con todas sus fuerzas?

Pregúntese lo siguiente: «La participación en todas estas cosas, ¿va a tener alguna importancia dentro de diez años... o en la eternidad?».

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